Dezső Kosztolányi

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Dezső Kosztolányi

Mensaje por phala el Jue Jun 14, 2012 8:26 pm



Nació en Szabadka (Subotica) en 1885, entonces parte del Imperio austrohúngaro y ahora situada en el norte de Serbia. En esta ciudad se basaría para crear la ficticia Sárszeg, en la que se sitúan sus novelas Alondra y La cometa dorada. Kosztolányi estudió en la Universidad de Budapest, donde conoció a los poetas Mihály Babits y Gyula Juhász, y durante un corto periodo de tiempo en Viena. Posteriormente se convierte en periodista, profesión que mantendría durante el resto de su vida. En 1908 sustituye al poeta Endre Ady como reportero de un diario de Budapest. Su primer volumen de poemas Las quejas del niño pobre, publicado en 1910 (en 2007 aún no existe edición en castellano), supuso un éxito a nivel nacional y marcó el inicio de una prolífica etapa en la que publicó casi un libro por año. Muere en 1936 de un cáncer de laringe.

La revista literaria Nyugat (“Oeste” en húngaro), de vital importancia en la revitalización de la literatura húngara, fue fundada en 1908 y Kosztolányi sería uno de sus primeros colaboradores, parte de los cuales son llamados frecuentemente la "primera generación Nyugat" que publicaba principalmente en verso.
Entre sus escritos podemos destacar novelas como Alondra, La cometa dorada, Anna la dulce (editadas en castellano por Ediciones B) o Nerón, el poeta sangriento, y relatos como los incluidos en Cuentos Psicoanalíticos (editado en castellano por Ediciones del Lunar), quizá resultado de su relación con el psicoanálisis y psicoanalistas como Sándor Ferenczi. En cuanto a su obra poética, en 1924 publicó un volumen en verso cuyo título evocaría su trabajo anterior Las quejas del hombre triste.
Kosztolányi también realizó traducciones de obras literarias del inglés al húngaro tales como El cuento de invierno y Alicia en el país de las maravillas.

Wikipedia.
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Re: Dezső Kosztolányi

Mensaje por phala el Jue Jun 14, 2012 9:37 pm

Dezső Kosztolányi (Szabadka, 1885-Budapest, 1936), uno de los mayores escritores de la literatura húngara del siglo XX, fue narrador, poeta, traductor, ensayista y periodista. Publicó poesía (Las quejas del niño pobre, 1910; Las quejas del hombre, 1924, y Cálculo, 1935), ensayo, relatos, novela (Alondra, 1924; La cometa dorada, 1925; Anna la dulce, 1926 –los tres títulos editados por Ediciones B–, y Nerón, el poeta sangriento, 1922, con prólogo de Thomas Mann).
Dezső Kosztolányi es una de las figuras cumbres de la literatura húngara, perteneciente a la revista Nyugat. Poeta, novelista, ensayista y traductor literario de primerísimo orden. Su éxito entre los autores de la época postmoderna se debe en gran medida a su experimentación lúdica y creativa con el lenguaje. Dedicó varios artículos y ensayos a cuestiones que tratan de forma aparentemente ligera y juguetona cuestiones difíciles que atañen al lenguaje, la lengua materna o la traducción. El texto que les ofrecemos a continuación es un artículo publicado en 1927, en Pesti Hírlap (Diario de Pest).

Hoy me he reunido con un señor interesante y experimentado que ha sufrido muchas vicisitudes. Él me ha contado la siguiente historia:

De joven, pasé doce años en Argentina. Tenía que bregar relativamente poco. Buenos Aires es una cuidad encantadora, y la gente amable, cortés y buena. Había una sola cosa con la que tenía que luchar duramente: la lengua. En medio año llegué a chapurrear el español, en otro medio año ya era capaz de hablar y mantener una conversación. A menudo me sentía, sin embargo, inseguro. Seguía hablando con la cabeza, en vez de con los instintos. Al año siguiente logré obtener, sin duda, cierta autonomía. Tenía días excelentes cuando todo marchaba a las mil maravillas, pero también había días siniestros y malos. Conté mis penas a mis amigos. Me consolaron diciendo que sólo sabré español perfectamente cuando llegue a soñar en español. Al tercer año también sucedió eso . Imagínense, soñaba en español. Estaba sumamente contento. Escribía y leía con fluidez, mantenía correspondencia. Me empleaba una compañía de comercio, con buen salario. Mi lengua materna se hizo humo. Si de vez en cuando me llegaba a las manos algún diario de mi país, lo hojeaba y lo dejaba caer al suelo. No tenía ni un conocido húngaro. Sólo me trataba con españoles. Me casé con una mujer porteña. Me convertí en español de pies a cabeza. Así pasaron doce años. El destino quiso que antes de la guerra tuviera que regresar a casa. Me embarqué. En ese momento me asaltó cierta inquietud titubeante. De regreso a casa experimenté la misma lucha que había mantenido allí. ¿Qué les diré a los de mi país en la lengua que me había enseñado mi madre? Aún no me atrevía a resumir qué había olvidado y qué no. Al pisar suelo europeo mi inquietud aumentó. En Austria ya oía aquí y allá hablar húngaro. Lo recibí con los oídos y el alma abiertos de par en par. Sonaba como algo ajeno y anticuado, dulce y verdadero. Decidí hablar en el paso de frontera. Lo tenía todo planeado. Me apearía, entraría en el restaurante y me compraría un cigarrillo. Iba recogiendo las palabras que aún dormían intactas en el fondo de mi conciencia. Incluso llegué a formular la frase: “Déme un cigarrillo, por favor”. Por fin llegamos traqueteando. Todos hablaban en húngaro. En seguida me bajé saltando del coche, me dirigí corriendo hacia el restaurante para quebrar mi silencio de doce años, porque sólo en ese momento me enteré de que lo que había parloteado en una lengua extranjera no era sino silencio. Fruncí los labios pegándolos a la lengua, como los bebés listos para mamar. Repetí varias veces para mis adentros: “Déme un cigarrillo, por favor… Déme un cigarrillo, por favor…” Me acuerdo muy bien, había algún mozo que servía el vino esperando en la puerta del restaurante. Yo me acerqué a él, como quien se prepara para alguna prueba decisiva, con una terrible fiebre escénica. En ese momento ocurrió algo que hasta ahora no me he podido explicar. Lo miré, abrí la boca, y por recato o por miedo tartamudeé: “Ich bitte eine Zigarette!”

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